(Aviso a navegantes: la
publicación es larga y puede resultar tediosa y aburrida).
Pertenezco a ese grupo de
personas que son incapaces de separar la genialidad del comportamiento. Por muy
genio que sea alguien, si se comporta mal con los semejantes o el entorno, para
mí, pierde valor aunque su arte permanezca inquebrantable.
A mediados de los ’70, aquellos
anhelos infantiles de dedicarme al baile cuando fuera mayor mientras quedaba
petrificada delante de la tele y disfrutaba con los programas musicales donde
salía mi idolatrado Ballet Zoom de TVE, Raffaella Carrá o Don Lurio, hizo que
mis padres me trajeran de Sevilla uno de los mejores regalos que pude tener además
de mi Nancy: una peluca rubia con la que disfruté años y años desde 1976, (las
anécdotas con la peluca las dejaré para otra ocasión)…
Así pues, una Nochevieja de 1978 estupefacta
quedé cuando apareció ante mí un vídeo que me dejó ojiplática y, durante mucho
tiempo, con pocas pero impactantes imágenes en mi memoria: varios jóvenes
negros con amplia sonrisa y maravilloso pelo afro junto a unos zapatos que
bailaban solos al ritmo trepidante de una canción contagiosa; todo eso, con una
luz que ribeteaba sus cuerpos y se movía al compás. No había IA, no había
internet, apenas información, y si ésta llegaba lo hacía meses o semanas
después a cuenta gotas… Y yo, una niña pegada a un recuerdo que se me repetía
constantemente y que hacía preguntarme qué fue aquello que vi en televisión.
Y lo que vi aquella mágica noche
que cambiaba de 1978 a 1979 con mis 9 años cumplidos en verano fue, nada más y
nada menos que el famoso “Blame it on the Boogie” de The Jacksons –no los
Jacksons Five anteriores a 1978 a los que también fui redescubriendo y
comprando sus discos-, sino la segunda etapa de una familia de artistas de tímida
pero emergente proyección internacional.
Bastante antes de la era digital,
donde como nos ha ocurrido a much@s, gran parte de nuestros recuerdos musicales
se han ido desbloqueando, me iba encontrando información de manera muy casual
sobre aquel grupo que tanto me impactó: revistas, viajes, fines de curso, mi
inseparable Discoplay de cada mes, los primeros singles con 11, 12 y 13 años,
Lp´s con el aumento de la paga semanal…
De 1981 a 1985 disfruté de lo lindo con su música y traduciendo sus canciones. A Beata, mi profe de inglés la volvía “tarumba”. Luego, a partir de 1986 se desató una locura colectiva que no terminó de envolverme aunque mi admiración siguió siempre intacta. A partir de ahí, seguí leyendo todo, lo autorizado y lo no autorizado. Lo que salía de sus oficinas de comunicación de manera intencionada, y lo que inventaban y el tiempo desmontaba… El vídeoclip “Thriller” se emitió en España la nochevieja de 1985 (otra Nochevieja). Desde entonces, la Jacksomanía en la figura exclusiva del vocalista de The Jacksons contagió al mundo entero durante décadas.
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| 1983 |
No hay duda de que Michael
Jackson fue un genio de la música y el baile. Un artista brillante con mirada
triste y una infancia robada que, unida a una extrema religiosidad, a su
personalidad introvertida marcada por una abusiva y férrea disciplina acompañada
de un éxito abrumador desde muy joven, convirtieron a un niño inocente en
estrella mundial con la responsabilidad y atención constante que aquello pudo
acarrearle. Para volverse locos. Infancias rotas, resultado demoledor.
Por eso creo firmemente que todo
ello unido a una constante negación de sus demonios internos en una sociedad
como la estadounidense muy infantilizada, y donde el dinero sella todas las
diferencias sociales y compra silencios, lo fueron convirtiendo en un personaje
irreal y desgraciado, y tristemente, en una caricatura de sí mismo.
Al final de sus días, su baile,
su profesionalidad, su indiscutible arte y genialidad, su compromiso social,
sus letras reivindicativas donde denunciaba la brutalidad policial y abusos de autoridad,
la destrucción del planeta por los poderosos y el cuidado de la infancia a un
ritmo excepcional, fueron eclipsados por varias denuncias de jóvenes que lo
acompañaron en sus giras siendo niños y donde, de nuevo, el dinero sobrevoló la
sospecha.
Cuando todo se puede comprar, el
vacío debe ser inmenso…
Por mi parte, dejé de comprar cualquier
producto editado después de su fallecimiento. Aún no he visto la película. No
tengo prisa. Probablemente la veré y seguramente me emocionaré.
Aunque los ‘Jacksons Five’ me
quedaron más lejos a veces me sorprendía a mí misma cantando sus temas pero sin
duda, ‘The Jacksons’ primero, y su vocalista después, han sido parte de la
banda sonora de mi vida y de multitud de anécdotas divertidas.
No hay canción con la que no
vibre. Así que hasta ahí, quedo agradecida.
Desgraciadamente, ningún brillo
de sus lentejuelas alumbró la oscuridad en la que Michael Jackson vivió sus
últimos años y el lamento que siempre le acompañó.
La música emociona y hace soñar,
el baile te hace volar, levitar, ir de puntillas por el mundo…pero cuando la
pieza termina, mejor abrir bien los ojos, poner los pies en la tierra y pisar
realidad. Es el mejor antídoto frente a cualquier tenebrosa genialidad.
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Lo de hoy no ha sido opinión, ha sido puro sentimiento.
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| 1984 |
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| 1985 |
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| 1989 |
| Abril 2026 |






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